Kenzaburo Oé
Bird se casó en mayo, a la edad de veinticinco años, y durante ese primer verano permaneció borracho cuatro semanas seguidas. De pronto, como un Robison Crusoe embrutecido, había comenzado a ir a la deriva por un mar de alcohol. Descuidó sus obligaciones como licenciado, su trabajo, sus estudios de posgrado. Lo abandonó todo sin pensar, y pasaba el día entero, e incluso hasta bastante tarde por la noche, sentado en la cocina de su departamento, a oscuras, escuchando música y bebiendo whisky. Ahora recordaba esos terribles días y le parecía que, a excepción de escuchar música, beber y sumirse en un sueño alcoholizado, no había realizado una actividad propia de un ser humano. Cuatro semanas más tardes, Bird se recuperó de una dolorosa borrachera de setecientas horas y descubrió en sí mismo, desgraciadamente sobrio, la desolación de una ciudad destrozada por la guerra. Era como un débil mental al que sólo le quedara una mínima oportunidad de recuperarse, pero tenía que volver a ordenarlo todo, no sólo a sí mismo, sino también sus relaciones con el mundo exterior.Oé, Kenzaburo: Una Cuestión Personal; Anagrama en "Compactos", 2000, p. 13-14
La nieve había empezado a caer en las zonas altas y se aproximaba hacia el valle. Sentí que una depresión indescriptible se apoderaba de mí. Ahora que me sentía liberado de las cosas exteriores, me di cuenta de que mi depresión tenía causas puramente internas y de que, si seguía progresando, no había duda de lo que se pondrían a hacer mis dedos en el caso de que volviera a sentarme en una fosa al amanecer, con un perro febril y pestilente en mis brazos. De nuevo me abrumó el recuerdo de aquel dolor y aquel temblor que no se calmaron ni siquiera cuando volví al dormitorio aquella mañana. La nueva vida, la choza de ramas y paja, eran algo que no me esperaba en este valle. Volvía a estar otra vez solo y desamparado, sin descubrir atisbos de esperanza, hundido en una depresión más profunda aún que la que padecía antes del regreso de Takashi al Japón. Comprendía muy bien todas las implicaciones de esta situación.Oé, Kenzaburo: El Grito Silencioso; Anagrama en "Compactos", 2004, p. 180
Todo lo que este hombre escribe transmite una aterradora agitación interior. Aunque es en estos dos libros donde indudablemente escupe sus palabras con más desgarro si cabe.

1 Comentarios:
Hola... con cierto agrado mas literaio que emocional he encontrado alguien que cita a este gran sucesor de Dostoievski que es Kenzaburo Oé.. yo solo he tenido la fortuna de leer Una Cuestión Personal, obra que sencillamente me impactó por lo laberíntico de su relato... En fin, muchas gracias por el extracto de El Grito Silencioso... es mas whisky para mis venas.
Saludos y espero que continues con tu blog.
Chao.
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