25 marzo 2006

Vida y Obra

Siempre se coloca la guardia más poderosa
ante puertas que no conducen a ninguna parte.
Tal vez porque la vacuidad es demasiado
vergonzosa para que se divulgue.

A Scott Fitzgerald siempre le persiguió la leyenda que él mismo había creado desde su primera novela, A este lado del paraiso, y que la vida a la que se vio rendido sin demasiada dirección tras su excesivo éxito le ayudó a reforzar. Conocidos eran sus derroches de todo tipo -en especial de su habilidad creadora-, así como su condición de alochólico y perdedor irredento que lo llevó a un deterioro físico y mental abrumador del que sólo podía escapar con el más doloroso de los finales.

Gracias a su inmenso talento y a su cada vez más frágil relación con su enferma esposa Zelda, pilar imprescindible para su desmoronamiento, pudo canalizar y aglutinar toda su desesperación en una de las novelas más confesionales, duras y sinceras de la primera mitad del siglo XX. Suave es la noche es un tratado literario excesivo acerca de la desintegración de un hombre que se autodestruye inevitablemente, sin indulgencia, o tal vez con la justa para ser aún más estremecedora, y acaba hundido en la mediocridad de una vida sin alegría ni color. Curiosa paradoja esta en el caso de un escritor calificado durante los años veinte como el autor de la vitalidad y el movimiento, del jazz y la juventud. Lo cierto es que según su fama decaía, su calidad y preocupación por las formas literarias aumentaba.

Muchos autores son incapaces de desligarse de sus obras. Es decir, todo autor habla siempre de sí mismo, y lo que persigue es consolidar o cuanto menos plantear en los demás la visión tan propia que obtiene de algún hecho contemplado; lo que modifica es la discrección con la que logra este propósito. El autor es de esta manera un sastre que estila la realidad con la forma escogida, un significante especial que destaca su individualidad, con la que viste a su contenido. De ahí que se diga que todas las historias están contadas y que la única manera de evocar una nueva radica en la lente hallada, en el original acercamiento que allí se produzca. Spinoza tenía toda la razón.

No obstante parece evidente que en algunos escritores su vida es airada con mayor naturalidad, y no sólo a través de su obra: su propia existencia, sus devaneos y excesos, también forma parte de la misma, siendo de este modo un personaje más de su invención, tornando aún más fina la barrera entre realidad y ficción, ensalzando esta última cuando su narración raya a gran nivel.

"Uno anda apresurado aunque haya tiempo de sobra. Detrás queda el pasado, el continente. El futuro es la boca resplandeciente al costado del buque. El pasillo turbulento y mal iluminado es el presente, pero un presente demasiado confuso" se afirma en un bello pasaje de la novela. Ya sea como exorcismo de lo que lamentan del pasado, como ajuste de cuentas con el presente e incluso como modo de fantasear con lo que sucederá en días futuros, a este tipo de autor les cuesta horrores escribir sobre otra cosa que no sea su propia inteligencia. "Los hombres inteligentes son precisamente los que está siempre rozando el abismo porque no tienen más remedio. Algunos no pueden soportarlo y abandonan" asevera Dick Diver, personaje central de Suave es la noche.

La cuarta novela de Scott Fitzgerald es la historia del fin de una época, carnalizada en el doctor Dick Diver, obvio alter ego de su autor. La descomposición a la que se ve sometido traza a su vez la historia del derrumbamiento de las esperanzas y el optimismo norteamericano tras la depresión económica de finales de los dorados años veinte. Fitzgerald simboliza los nuevos tiempos en Diver y su devenir, definiendo su estado como un largo proceso de bancarrota emocional.

El debilitamiento de las relaciones humanas ("El que una pesona tenga tanto que dar a los demás, ¿no indica acaso una falta de intensidad en sus relaciones íntimas?"), la fuerza destructora del abandono, destacada en cotundentes sentencias ("La gente que vive sola se habitúa a la soledad", "El estar solo física y espiritualmente engendra soledad y la soledad engendra más soledad"), el dolor producido al confrontar el amor real con su fascinación y celos por la belleza de la juventud femenina, y el desencanto producido por la mujer ("Uno no puede saber nunca el lugar que ocupa realmente en la vida de otra pesona") son algunos de los temas principales ante los que el norteamericano bello y maldito se descubre. Mediante ellos articula una obra tormentosa, circundada por tenues momentos de felicidad que nunca terminan por iluminar las sublimes palabras que encuentra Fitzgerald para describir tanta frustración y hundimiento.

Para echar leña al fuego, Suave es la noche está embuida por un halo de irresistible nostalgia y agitación por el mal empleo del alcohol ("La bebida hacía que los momentos felices del pasado coincidieran con el presente, como si los estuviera viviendo todavía, o incluso con el futuro, como si estuvieran a punto de producirse de nuevo") que marca el sendero de una obra destinada a ser testimonio de la confusa personalidad de su autor y de la época desoladora en la que se halla inmersa.

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