12 mayo 2006

Apacible mirada de sabiduría fílmica

Durante los últimos años se ha dado una mejora sustancial en la circulación de películas provenientes del continente asiático. Ante todo, es motivo de celebración que por fin el cine oriental esté ganando terreno en la distribución internacional y por ende nacional.

De los estrenos recientes pocos alcanzan el valor de perdurar en la memoria cinematográfica con la intensidad que lo hará la figura de Yoji Yamada y su, por el momento, díptico –será trilogía- sobre la desintegración final del honroso samurai. Con El Ocaso del Samurai y esta The Hidden Blade, el japonés no sólo eleva la tradición fílmica japonesa a la categoría de sumum artesano sino que demuestra que se puede ser un autor moderno completo sin renunciar a una narración clásica.

Tsai Ming-Laing, Hou Hsiao-Hsien, Wong Kar Wai, Kim Ki Duk, Hirokazu Kore-Eda, incluso algo de Takashi Miike –habrá que rezar para que alguien se acuerde de Naomi Kawase y Jia Zhang Ke-, y la lista parece no parar. No obstante, es también positivo mostrarse algo distante ante este pequeño incremento de los orientales en la cartelera; no es oro todo lo que reluce y los circuitos festivaleros, principales promotores de esta situación, no son siempre de fiar.

Yoji Yamada sin embargo es de esos autores que merecen ser contemplados. Y contemplar es la palabra exacta porque sus películas fluyen con la suavidad precisa para dejar aflorar en su metraje humor, denuncia, belleza, amor y, sobre todo, emociones. La historia de un maduro samurai alejado por obligaciones de su tiempo a abandonar su estatus de digno guerrero es de una profundidad y ambigüedad moral a la altura de las películas crepusculares de héroes irredentos de John Ford.

La película se desarrolla en el seno de la descomposición de la era feudal con el inicio de la Restauración Meiji. Momento este de profundos cambios sociales, políticos y económicos que afectan al sistema de castas establecido, obligándolos a adaptarse a ciertos modos occidentales para subsistir. Fruto de este conflicto surgen algunas de las mejores secuencias de la película por las que será recordada: aquellas en las que un oficial trata de enseñar a un pueblo entero las formas militares occidentales. Triste, tierno e hilarante a partes iguales.

De planteamientos similares a Sin perdón (Eastwood 1992) o Lone Star (Sayles, 1996), The Hidden Blade va más allá del declive de una época al dar parte de la inestabilidad individual -emocional y espiritual- de algunos de sus habitantes. Y las comparaciones de Yamada con Eastwood son más obvias en cuanto que comparten, además de un incontrolable amor por los clásicos, la mirada irrecuperable de una forma de hacer cine ya en desuso: planos fijos, montaje milimétrico, guión clásico y cuidadas interpretaciones pero sin olvidar nunca aportar su granito de arena.

Como no puede ser de otra forma en la jidai-geki (género histórico basado en la época de los samuráis al que pertenece este film), y como ya ocurría en El Ocaso del samurai, la película culmina con un incómodo duelo –físico y mental, al ser impuesto por los dirigentes para mantener el honor colectivo, pero con implicaciones en la dignidad individual del samurai-, de bellísima factura. Más duro en esta ocasión, al tratarse de un antiguo amigo del protagonista con el que aprendió todo su arte con la espada.

The Hidden Blade establece a Yamada como un autor útil en el panorama cinematográfico actual, plagado de corrientes posmodernas con poco que decir, por recordar que aún es posible ser original, emocional y estimulante empleando las técnicas tradicionales de filmación. Cuesta reconocerlo, pero rodar ahora una película como ésta, más allá del año 2000, es una rareza y una muestra de voluntad de estilo.

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