09 mayo 2006

Dualidad norteamericana

John Cheever, más conocido como autor de relatos, sorprendió a todos en 1958 cuando se decidió a publicar la novela Crónica de los Wapshot. Con más de cuarenta años, parecía que su condición de escritor de cuentos para revistas era inmutable. Para entonces, sus temas ya estaban consagrados y ni editor ni público estaban preparados para una novela donde se reformula el estado de la misma.

La Familia Wapshot recoge las dos obras que pusieron a Cheever en el mapa como uno de los mejores escritores, novelistas o no, de su generación, pese a que ya gozara de cierto prestigio como autor de The New Yorker. La historia atípica, de novedosa estructura y rica en trasfondo de una insólita familia con anclajes en la clase alta americana –narración parecida a la familia Glass de Salinger pero bastante menos retórica- habla de la paradoja del sueño americano y de lo irónico de obtener una cotidianidad.

Crónica de los Wapshot (1958) contempla las múltiples posibilidades de ser en una Norteamérica visionaria y aún repleta de esperanza, mientras que El Escándalo de los Wapshot (1964) narra lo tenebroso de ubicarse de pleno en ella. En la primera, ganadora del National Book, Cheever se destapa como un escritor medianamente alegre, de prosa límpida y mirada luminosa. La segunda recoge los temas que sobrecogieron al autor y lo arrastraron en su posterior debacle emocional.

Cheever puede ser considerado como el primer realista mágico –sea esto lo que sea- de la literatura norteamericana. Su creación de Saint Botolphs como pueblo mítico, irónico y melancólico, lugar al que nadie que no venga de allí puede acceder, lo emparenta con los magos de las letras suramericanas del pasado siglo.

El americano se anticipa y cuestiona los nuevos valores que parecen aterrizar en Norteamérica, resultado de
un país demasiado pendiente de sí y consciente de su grandeza hasta el hartazgo. No obstante, esto no hace de él un autor conservador ni puritano, quizás sí algo nostálgico, empeñado en recuperar un espíritu –el suyo propio- que se desmorona ante el triunfo de la tecnocracia, portadora del conformismo. La clase media se desvanece emocionalmente dado su empeño en penetrar sobre una doble moral afilada que se nutre de la muerte del otro.

La confusión del espacio entrelazado con un tiempo dudoso, signo este de las mejores obras de la literatura (En busca del tiempo perdido, Cien años de soledad o Guerra y Paz, como bien apunta Rodrigo Fresán en el interesante epílogo de la edición de Emecé), junto a un tratamiento del pensamiento a veces cercano al lenguaje abordado por Faulkner –ese diario de Leander Wapshot, cabeza de familia- hace de Cheever, según consideraciones posteriores, uno de los primeros autores posmodernos.

Carver, Chabon, Foster Wallace, Moody, Frazen y muchos otros han admirado en su plenitud toda la obra de Cheever, entendida como puente indispensable entre la elegancia e ironía de Fitzgerald o Capote y la vanguardia de Miller o Pynchon. La Familia Wapshot, en su volumen como díptico, aparece así como una de las novelas fundamentales de la literatura universal facturada en el Siglo XX.

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