14 enero 2006

Cine y Vida

Por Pedro

La relación del arte con la vida, su reciprocidad y la forma en la que condiciona la mirada al generar conceptualizaciones, proporciona un debate infinito. El tema ha sido ampliamente tratado por teóricos de la estética más estricta, aportando definiciones que amplian sin concluir el marco de estudio. También centra la obra de directores básicos como Tarkovski, Bergman o Welles, que alcanzan claras cimas con sus propuestas -¿de qué va si no Stalker?. Pero es el Romanticismo el movimiento que más enardece el debate; en especial Oscar Wilde, afirmando que "la Vida es la mejor discípula del Arte, y la única."

El director coreano Hong Sang-Soo, habitual en los circuitos festivaleros, persigue con fuerza esa aspiración. En su cine, fragmentado y dado al distanciamiento, no existe esa pasión desbordada por hacer aseveraciones tan memorables como las de Wilde. HSS se decanta por suavizar ese discurso, dejando que sea el espectador el que decida en qué proporción existe esa influencia mutua. Además, el realizador añade un elemento imprescindible a esto: la memoria, con su capacidad recreadora del pasado y del futuro, enfatizando en la ficción que media entre ambos.

El mecanismo elegido por Sang-Soo para representar a través de sus películas dicha problemática es, hablando con claridad, el de un juego de espejos; pero un espejo roto, descompuesto, cuyos trozos no encajan a la perfección pero se reconocen como elementos de una misma pieza.

Toda su filmografía está recorrida por esta premisa. Sus cuidados plano-secuencias remiten a veces unos a otros dentro de una misma película, jugando con nuestra capacidad de composición memorística, alcanzando momentos de hipnosis naturalista mediante repeticiones de escenas que varían lo justo para introducir nuevas lecturas al juego propuesto.

Esto se refuerza a través del plano-contraplano, en el que HSS es un maestro. Para él lo importante de esta técnica, más allá de ser el típico procedimiento de diálogo, es el remedio poco explorado que permite: potenciar los distintos puntos de vista que aparecen en el diálogo. De este modo compone sus películas, que divide en dos, tres, cuatro partes las cuales significan los singulares puntos de vista de sus personajes, que implican siempre la creacion íntima de universos paralelos para una misma acción. He aquí uno de los hallazgos más importantes del autor, que dota a su cine de esa frescura característica de la que hablan sus admiradores.

Si bien su obra muestra a un autor en continua búsqueda de nuevos recursos narrativos, no son pocas las ocasiones en las que desemboca en un hermetismo descontrolado. Esto provoca un indeseable desfallecimiento de la emoción desprendida por las imágenes, que dejan de sentirse y pasan a intuirse, convirtiéndose en la falla a pulir para el acabado perfecto de HSS.

El más invisible de todos los actuales grandes realizadores de Oriente contiene en su filmografía suficientes elementos para ser tenido tan en cuenta o más que compatriotas como Kim Ki Duk. "El menos reconocido de los grandes maestros contemporáneos pero probablemente el que ha alcanzado la madurez más anticipadamente, el más seguro y el que más claramente puede sustentar un cine definitivo que no muestra concesión alguna" afirman los respetados críticos argentinos Quintín y Flavia. Por favor, háganles caso.

Tres películas

Virgin stripped bare by his bachelors (2000). La primera muestra de la totalidad del talento de HSS relata la complejidad de un triángulo amoroso, rodado en un romántico blanco y negro. La película engaña en su linealidad inicial, resquebrajándose casi a mitad de la misma, repitiendo planos, escenas, diálogos ante los que hay que estar atentos para comprender qué es de lo que realmente habla su director. La historia, preciosa y rebosante de ternura, trata sobre los temas prototípicos de HSS: la imposibilidad del amor, la imponente franqueza del sexo, la persecución de los placeres a toda costa y la falta de juicio del hombre contemporáneo.

Turning Gate (2002). La más estremecedora de sus películas es también la más lograda. Planteada en dos partes, la historia comienza cuando un actor en paro recibe la invitación de un amigo para visitar su nueva casa. La presencia de una guapa bailarina alterará este fragmento de la película que conduce a la segunda parte. En ésta, el actor conoce en un viaje a una pasajera a la que persigue hasta conseguir una cita. A lo largo de la misma, en plena embriaguez, se desvela lo errática que es la memoria y el profundo desconocimiento que se tiene de la historia propia, que siempre parece discurrir por un rumbo fijo, sin posibilidad de reflexión y, aún menos, de revivir los momentos más dulces jamás vividos.

Tale of Cinema (2005). La última película hasta el momento está producida por el ínclito Marin Karmintz, que ve en él el mismo encanto y frescura que poseía Truffaut. Esta película es el caso más obvio de relación arte y vida. Se contemplan dos adaptaciones, con sutiles modificaciones, de una misma historia: la primera es una película basada en la historia del protagonista de la segunda. Aquí se pone en juego no sólo la memoria, sino la virtud del cine para registrar lo real. La conclusión es clara: el cine es un sustituto de la memoria humana, una extensión a lo sumo, y su facultad no puede ir más allá de la represetanción de una historia paralela, con leves variaciones que la hacen derivar.

12 enero 2006

Canciones

Snoopy y Carlitos, 1953 a 1954, Planeta de Agostini, pág. 28

Esto pasa bastante... Y es algo encantador.

11 enero 2006

New Wave (¿o Power Pop?)

Por Pedro

Resulta realmente difícil ubicar a las tres bandas de las que se encarga el presente post. Pertenecientes a inicios de los 80, cuando la eclosión punk ya está superada, el power pop ya ha vivido sus mejores años y la new wave está bien asentada, Rockpile, Quincy y The Sponsors entregan discos a medio camino entre tanta etiqueta; en especial los dos últimos. Las canciones de los tres grupos son sencillas, divertidas, vibrantes, con producciones muy ajustadas, lejos de lo que se haría poco después.

En el momento de su publicación pasaron bastante desapercibidos, no sólo para el gran público, sino también para gran parte del aficionado. Ahora son objeto de degustadores de pop exquisito y buscadores de joyas con mucho criterio.

Quincy (1980). Paridos en la escena new wave neoyorquina, Quincy es todo un ejemplo de concisión pop. Con una cubierta graciosa de tan hortera, el disco es un derroche de creatividad cuya principal referencia es Blondie, pero sin perder de vista la rabia del primer Costello. Canciones muy pegadizas, de intensos estribillos, con imperceptibles cambios de ritmo, todas poseen una ejecución y producción impecables. Just A Tragedy, Don't Knock On My Door, Turn The Other Way Around o Always on the News son hits en potencia perdidos para siempre en ese limbo pop a descubrir constantemente. Parecen vaciarse en un solo disco, y se quedan tan a gusto. Pregunten a cualquiera que los conozca. Un must, que se dice.

Rockpile - Seconds Of Pleasure (1980). Banda liderada por Nick Lowe (Brinsley Schwarz) y Dave Edmunds (Love Esculpture), la verdad es que esto es rock'n'roll atemporal sin fisuras. El hecho de que se incluya en el saco power pop-new wave se debe, además de a la presencia de Lowe, al tono luminoso y melódico que brota de las composiciones, algo alejadas de la suciedad y crudeza características del rock'n'roll de los cincuenta. ¿Canciones? Todas son estupendas. Tanto originales como versiones están tocadas con tanta pasión, con tanta convicción en lo que hacen, ajenos al espacio y el tiempo que viven y a sus modas, que lo convierten en uno de los discos más sinceros que aparecieron durante aquellos años. Como detalle curioso, este álbum fue recibido con cierto desencanto por diversos sectores que acusaron a la banda de nostálgicos. Un disco que contiene un tema como Heart no puede ser malo en la vida.

The Sponsors (1982). También de Nueva York, son con mucha diferencia los más desconocidos de los tres. No obstante, el disco es toda una delicia. Desde la canción a lo Nerves que lo abre hasta el toque Richman que lo cierra, el álbum inconscientemente ofrece un resumen en clave power pop de todas las corrientes del rock que circulan por la gran ciudad, en apenas treinta minutos. Television, Ramones, The Beat, Talking Heads, Blondie -otra vez- están presentes, pero en ningún momento suena a otra cosa sino a The Sponsors. Con una producción bastante austera, las composiciones mantienen gran cohesión y resultan ganadoras sin ningún problema. No duden en comprarlo si lo ven de cerca, ya que ni siquiera es fácil encontrarlo por la red.

Tres discos como tres soles.

09 enero 2006

Tokio Fascinante

Por Carolina
En esta ciudad conviven los rascacielos más imponentes; la tecnología más puntera, los centros de shopping más importantes del mundo y sorprendentes templos milenarios.

Y es que esta ciudad está de moda, es un mundo aparte con sus más de doce millones de habitantes, con 23 distritos y centenares de rascacielos que dejan sin aliento. Sin olvidar,claro está, de los conocidísimos templos, palacios y jardines monumentales. Pero si eres un fanático de las compras y de la moda, te encontrarás en tu planeta ideal. Los mejores lugares para enloquecer con el shopping son
Ginza, Dalkanyama y Odiaba. En Shibuya, también hay algunas tiendas interesantes como Three Minutes Apiñes. Si te atraen los mercados te puedes pasar por el mercadillo al aire libre de Ueno y por el mercado del pescado Tsukiji. Puede parecerte raro, pero, a primera hora del a mañana, cuando llegan las piezas, es un verdadero espectáculo.
En la ciudad podrás disfrutar de pequeños chiringuitos donde comer un buen
sushi a buen precio, pero si buscas algo especial prueba Shibuya Tokihands Maeten. a la hora de cenar pásate por Roppongi, el distrito de moda. Podrás encontrar multitud de restaurantes a precios asequibles (15 euros).
Aunque creamos que Tokio por ser una ciudad futurista es cara no lo es tanto, te puedes quedar a dormir por 50 euros en el Suzuki Ryokan, un pequeño hotel de estilo japonés o en el Juyoh Hotel, con decoración oriental.

El choque generacional es muy evidente en Tokio. Mientras que las chicas que superan los 25 años son algo clásicas, las más jóvenes son totalmente transgresoras.

08 enero 2006

Elipsis

Por Pedro

El peso de la ausencia es una carga difícil de llevar. De manera inevitable afecta por igual a todo el que ponga los pies en la tierra. Sus formas son múltiples, pero siempre ataca con la misma intensidad. En solo un instante casi inconsciente -de la presencia a la desaparición repentina-, que en el posterior relato de vida ensombrece todo lo demás, una persona queda marcada para siempre.

González Iñárritu trató de esto en
21 Gramos (2003). No obstante, su estilo es tan histriónico que salvo en momentos puntuales, en especial bajo la presencia de Benito del Toro, la emoción que de ella debe emanar se solapa con la saturación sensorial propuesta, anulándose inevitablemente.

No ocurre así en dos de las obras de belleza contenida mejor elaboradas de los últimos años: Shara (2003) y Espera (
Astiberri, 2005). Dos medios distintos, cine y cómic respectivamente, y dos formas muy personales de contar sucesos similares originados en la infancia. La diferencia estriba en la ubicación del corazón de la ausencia. Mientras que en Shara pertenece a una institución -la familia-, en Espera agita con fuerza el porvenir de un niño cualquiera.

La japonesa Naomi Kawase, responsable de Shara, es poseedora de un lenguaje basado en el fuera de campo, en sutiles elipsis que cimientan el alma de la película, en una continua dialéctica con lo invisible. Su cine, influido por el género documental en el que trabajó varios años, está dotado de gran libertad y paciencia narrativa, extraña a ojos del espectador occidental.

El excelente empleo de la denominada cámara fantasma, influencia de
Hou Hsiao Hsien, explora mecanismos tan poco transitados como la expansión del espacio escénico y un recurrente y nada impostado uso del sonido, emancipado realmente de las imágenes.

Aportaciones formales varias que en ningún momento son ajenas a la historia que cuenta; más bien la refuerza con creces, al tiempo que amplía en matices la psicología de los personajes, desvelando una profunda riqueza. Así se llega a una nueva modalidad de identificación y proyección cinematográfica que inauguró Antonioni, y que, con otro estilo, alcanza cotas sublimes en esta Shara, prodigio de la honestidad y la sabiduría cinematográfica.

Espera, por su parte, es un ejercicio de síntesis con pocos precendentes en el mundo de la historieta. Jason captura el tiempo en cada página, tejiendo literalmente lo que se conoce como viñetas de vida. A través de ellas nos presenta la historia de dos amigos en el despertar de la camaradería, la sexualidad y la rebeldía, separados por un acto, en apariencia trivial, pero lleno de sentido.

Estructurado en dos partes -precioso el chiste con el que el protagonista pasa de ser un infante a la vida adulta-, el cómic es un elogio a la elipsis como sistema narrativo, algo distante, pero sin duda eficaz sobre el planteamiento propuesto por Jason. El lector, parece decir su autor, también es creador de la historia; completa la obra a la medida de su capacidad. Sus experiencias sólo le conciernen a él, pero es mediante ellas como debe finalizar el relato.

En definitiva, dos obras que merece la pena contemplar e invertir en ellas. Uno sale ganando.