19 enero 2006

Tempo

Ten Minutes Older: The Trumpet. Alumbramiento, de Víctor Erice (2002, Alemania).


Ya que hace poco se habló de él por aquí, nunca viene mal recordar que suyos son los once minutos más perfectos -de cine o no, da lo mismo- de los últimos años; ahí es ná.

18 enero 2006

Géneros: tradición/modernidad.

Por Pedro

Como decía Godard, clásico es igual a moderno. Como afirmaba Nabokov, lo más moderno es aquello que tiene la virtud de envejecer primero. Ambas sentencias cobran todo su sentido al analizar la obra de ciertos directores, ya clásicos, que supieron aunar toda la sabiduría que proporciona tanto el acercamiento al clasicismo como memoria necesaria, así como el análisis de algunos elementos de vanguardia de la época, que poseen gran fuerza todavía hoy.

John Carpenter es uno de ellos. Con escaso presupuesto, rodó en 1976, en un alarde de síntesis, una película híbrida y renovadora titulada Asalto a la comisaria del distrito 13. Plagada de referencias a sus autores predilectos, en ella, mediante un proceso aglutinador de géneros y una imaginación desbordante en el uso de mecanismos cinematográficos (ya se sabe, menos es más), se construye un ente autónomo que sienta las bases del cine contemporáneo de terror, del policíaco, del western urbano y del tan manoseado comercialmente thriller.

Como Walter Hill -no se pierdan su serie Deadwood-, John Carpenter vive de la revisitación de los géneros clásicos. El cine de ciencia ficción de los 50, el western de Ford y Hawks, el terror de Browning y la serie B de Corman, Tourneur y, por supuesto, Romero conviven en sus películas sin excluirse en ningún momento. Más bien su obra, en especial su primera época, sirve para reformular la manera en la que se valora el cine de género, incluyendo nuevas posibilidades en la forma de narrar, sin que la historia salga perjudicada.

Asalto a la... es quizá el mejor ejemplo de esto, sublimado sin duda, pero siendo más específico, en su inalcanzable Halloween (1979).

La premisa es simple. Una panda de criminales son tiroteados y buscan venganza a costa de lo que sea. Para ello dispararan a lo que haga falta con el fin de exterminar a su objetivo, que cercan en torno a una cárcel olvidada, en la que, por casualidad, coinciden diversos personajes que ni por asomo saben lo que les espera.

Con una presentación morosa, Carpenter deja claro su estilo, basado en una cocepción geométrica y calculada de los planos, el encuadre, y su ordenación posterior, apoyado por una brillante fotografía
bastante inusual en la serie B del momento. Su economía de recursos ayuda en el desarrollo de una nueva forma de contar historias, muy basada en la tradición que se iba perdiendo -hasta llegar a la sobreexposición del cine mayoritario actual-, en la que el guión es mínimo, lo desconocido crea la atmósfera y lo inesperado te deja clavado al asiento. Es decir: una puesta en escena rotunda, arrolladora, que soborna al espectador, aplacado ante lo que subyace en ella.

La película nace como un evidente homenaje a la que, según muchos, es la obra definitiva del western, Río Bravo (no obstante, no es casual la aparición entre los títulos de crédito de un tal John T. Chance como encargado del montaje: ese era el nombre del personaje de John Wayne en dicha película). Esos personajes encerrados, las relaciones espontáneas que surgen, la solidaridad, el compañerismo...

Todo remite al universo de Hawks. Pero para la ocasión los bandidos han sido sustituidos por otros más extraños, inquietantes, más sanguinarios, que no temen a la muerte, y que acaban trasmutados en sombras -falta de presupuesto resuelto con gran inteligencia- que son clara influencia de los zombies que Romero se inventó allá por 1968.

Ya que recientemente hicieron el remake, no está mal revisar o ver por primera vez la original, una película que marcó subrepticiamente un precedente inconstestable en el cine de género de los 70. Además, posee una de las secuencias de mayor pánico del cine; sólo recuerden esto: una preciosa niña con su helado.

16 enero 2006

Terry Callier

Por Pedro

Personaje rodeado de ese aire de leyenda de culto que sólo los círculos exclusivos saben organizar, Terry Callier es uno de los maestros de la música negra que todavía muchos están por descubrir. Algunos tuvieron la oportunidad de conocerlo este verano en Madrid, junto a Brian Wilson. Si bien es cierto, no fueron pocos los que quedaron decepcionados, pese a compartir momentos de vívida emoción, en especial cuando se acercaba al micro.


Poseedor de una voz conmovedora, Callier es uno de los músicos más respetado por los músicos. Sin embargo, no se trata éste de un caso de elitismo sino de imposibilidad de acercarmiento a su obra. Gracias a que sigue en activo, a Internet y a una agradecida reedición de su obra, por fin se tiene la ocasión de conocer mejor a un titán, hasta hace poco ciertamente olvidado para muchos seguidores del género.

Sus cuatro primeros discos son de una calidad indiscutible, sobre todo la trilogía para el sello Cadet. El primero de ellos, The New Folk Sound Of Terry Callier (1964 pero publicado en 1968), pese a ser el menos personal, dispone de suficientes elementos para llamar la atención: una lírica de nivel, comparada con Dylan y Mayfield, y una brillante instrumentación minimalista que lo emparenta con grandes nombres del Jazz.

Sin duda, es a partir del segundo disco, Occasional Rain (1972), primero de la trilogía Cadet, cuando desarrolla su estilo con una naturalidad pasmosa. Más de seis años entre éste y su debut está claro que es más que suficiente para que Callier halle una voz única y distintiva en el difícil panorama negro de la época.

Su música ahora es una fusión en bloque, nunca dispersa, de Blues, Folk, Jazz y Soul, donde las canciones se expanden y evolucionan con sutiles desarrollos que, tras su atenta escucha, no resultan nada recargadas; más bien se diría que son giros necesarios para alcanzar el clímax. Con cimas en temas como Ordinary Joe -lo más parecido a su hit-, Lean on Me o el que da título a este segundo e impresionante álbum, muchos lo consideran su mejor disco.

What Color Is Love (1973) es su disco más personal, orquestado y trabajado. De escucha obligada para cualquier aficionado decente, en este álbum Callier es más él que nunca. Explora musicalmente lugares nunca transitados, y colisiona con un sonido tan propio que es difícil no estremecerse ante los distintos planos emocionales expuestos en él. Alguna de sus letras vagan por diversos clichés a los que se les da otra interpretación dada la honestidad que desprende su voz. El tema título, Dancing Girl o la irresistible melodía del último corte, You Don't Care -imposible no enamorarse de esos coros-, dejan bien claro la seriedad con la que este personaje debe ser tratado. A la altura de Astral Weeks, Curtis o Starsailoir, ni más ni menos.

El último disco para Cadet, I Just Can't Help Myself (1975), es una despedida a lo grande. Para esta ocasión reviste su sonido de un tono más Soul del habitual, cercano a la ampulosidad controlada de Marvin Gaye, pero sin dar la espalda a sus ídolos del Jazz: aquí hay una de Duke Ellington (Satin Doll) y un homenaje a John Coltrane (Can't Catch The Trane). No obstante, la pieza básica del álbum es Alley-Wind Song, de intesidad arrolladora. Así pues, el disco entero es un derroche de genio, en el que la belleza se desparrama en cada elegante movimiento, tanto vocal como instrumental. Nunca en su obra repetiría la magía registrada en estos tres álbumes para Cadet.

Un nombre importante a reivindicar. Para ubicar al ladito de Curtis Mayfield, Donny Hathaway, Marvin Gaye o Stevie Wonder.

15 enero 2006

+ Buñuel

Esta noche en la 2, a partir de las 00.45, el ciclo dedicado a Buñuel continúa con dos películas desafiantes:

Simón Del Desierto
(1965)


L'Age D'Or (1930)

Imposible explicar nada. Cine hecho de puro gozo.

Hay que verlo.