09 febrero 2006

Calma intensa

Con una voz bien macerada en alcohol y nicotina, y varios escarceos más que peligrosos con drogas muy serias, Mark Lanegan es aquel que cuando canta sin prisas en esos cortes reposados tan suyos, parece que todo aquello que importa se trasmuta en inefable realidad. La crudeza con la que su voz, repleta de texturas inalcanzables para la mayoría, una de las más expresivas de la música popular reciente, describe los altibajos -con evidente preferencia por los más bajos- de toda existencia mundana, es tan atemporal como los sentimientos que provoca.

Tras casi 17 años al frente de la banda pionera de Seattle Screaming Trees, y diversas colaboraciones con Twilight Singers y Queen of the Stone Age, Lanegan ha esculpido una soberbia y compungida discografía en solitario, rica en matices y de clara intención nostálgica/renovadora, con la que se ha labrado un merecido reconocimiento de culto. Su revisitación del blues, folk, country, soul, rock y pop de cualquier época y lugar remoto de norteamérica, no debería pasar tan desapercibida como lo está haciendo.

La franqueza del sexo y del amor, evocadores de
la naturaleza inevitable de la muerte, auspiciada ésta en ocasiones por el consumo abusivo de drogas en la dieta diaria, es la temática por la que se debate su obra. A considerar desde este momento con la misma seriedad con la que se valora a Nick Cave o Mark Eitzel.


Whiskey for The Holy Ghost (1994). Tras un logrado primer intento -The Winding Sheet (1990)- Lanegan se rinde de pleno a la nocturnidad. Más taciturno que nunca, es imposible no imaginarlo envuelto en humo y, como dice el título, grandes dosis de buen whiskey. Abrazando nuevos registros, su voz fanagosa arrastra a su antojo las distintas historias que narra, mientras hipnotiza al oyente, elevándolas a categorías de mitos del desamor. Los leves arreglos que acompañan a las canciones, de por sí a la altura de los mejores crooners, añaden intensidad a la interpretación de un Lanegan inspiradísimo que aún tendría que ofrecer su canto del cisne con Screaming Trees. La introspección de Whiskey... tuvo su justa continuación con otro gran disco, el aún más bluesy y enfermizo Scraps At Midnight (1998), que cerraría su colaboración con el respetado Mike Johnson.

I´ll Take Care Of You (1999). Lanegan se mueve como pez en el agua en este disco de versiones. Se apropia con tal facilidad de las canciones de sus autores predilectos que te hace pensar que eran vírgenes antes de escucharlas sobre su voz. El álbum es tan homogéneo y personal, posee un enfoque tan claro de las atmósferas en las que quiere que se desarrolle, que no se resiente en absoluto. La caulidad de I´ll Take..., además de presentar una sinceridad apabullante, es la de descubrir y dignificar autores olvidados que representan buena parte de la mejor tradición musical americana. Tim Hardin, Jeffrey Lee Pierce de Gun Club, Fred Neil o Bobby Bland son algunos de los escogidos por el vocalista para sublimarlos en su particular campaña de reivindicación y ascensión al reino de la torch song.

Bubblegum (2004). Precedido por un excelente EP que amplía referencias y sonoridades al ya imprescindible catálogo del ex-Screaming Trees, Bubblegum es un punto y aparte en su trayectoria. Con la vista fija en Waits, Isaak o Cash e influido al mismo tiempo por su trabajo en Queens of the Stone Age, se sumerge en la esencia del rock, navegando por un clima blues, soul y folk, auténticos faros del disco. Sus relatos no pierden pegada y se encuentran arropados por la presencia de arreglos inéditos en toda su obra; tal es el caso del corte Methamphetamine Blues, muy cercano a Captain Beefheart. El tono oscuro, pausado y melacólico sigue presente, salvo que ahora no se cierra en sí mismo sino que deja traslucir cierta luminosidad, pero sin dejar de ser hipnótico. La lista de colaboradores así lo demuestra: PJ Harvey, Josh Homme y Greg Dulli entre otros. Algunos lo consideran su obra más completa hasta la fecha y sin duda uno de los grandes trabajos del 2004.

06 febrero 2006

Parecidos razonables

















I
ncreible la cantidad de semejanzas halladas entre Rascacielos de Ballard y Shivers de Cronenberg, obras del mismo año, 1975.

Ambas, igual de proféticas, rabiosas, maliciosas, pesimistas y crueles hasta decir basta, son durísimas pesadillas que diagnostican, con la precisión de un bisturí, los males soterrados de un mundo occidental cada vez más volcado en sí mismo, en busca de su añorado paraiso tecnológico. Ya en los 70, los dos autores eran capaces de adelantarse y definir con tanto acierto la contemporaneidad.

Era inevitable, por tanto, el posterior encuentro entre estos dos magos del desconcierto. El resultado fue la turbadora y genial Crash (1997), adaptación cinematográfica de Cronenberg de la obra homónima (1973) del escritor británico nacido en Shangai.

En cierto modo la vida en el rascacielos empezaba a parecerse al mundo exterior: la misma crueldad implacable enmascarada por una serie de convenciones corteses.
(...)
Hasta el aspecto decadente del rascacielos era un modelo del mundo que los esperaba en el futuro, un paisaje más allá de la tecnología donde todo estaba en ruinas, o, más ambiguamente, recompuesto de algún modo imprevisto pero más significativo.

Ballard, J.G.: Rascacielos, Ediciones Minotauro, 2003, p. 207.