25 febrero 2006

It's My Thing

A James Brown hay que agradecerle, además de todo su trabajo a lo largo de los sesenta y setenta, el descubrir a una de las voces más crudas, funkys y expresivas de la música popular: Marva Whiney.

Cuando la vocalista Vicki Anderson se le escapó de la James Brown Revue -recordadísimo espetáculo coregrafiado de gran elaboración-,
Brown buscaba a su sustituta para que la función no quedara coja. En 1967 la troupe llega a Kansas, al Memorial Hall, para dejar sin aliento a un auditorio que se había dejado todos sus ahorros -el festival no era nada barato- para precisamente eso, desfallecer al sudoroso e infectante ritmo que traía el conocido como "Hardest Working Man In Show Business".

Marva Ann Manning siempre tuvo el sueño de ser vocalista profesional, toda una diva, por lo que pronto empezó a tocar el piano y a desafiar a sus hermanos con su poderosa voz. Algunos hasta la recuerdan cantando por vez primera ante un público entregado a la edad de tres años en la iglesia de su barrio. Aunque todos empezaron a conocerla cuando, tras pertenecer de manera ocasional a algunos coros gospel, Marva giró por EE.UU. durante los cincuenta con sus hermanos en el Manning Gospel Singers.

Los sesenta no empezaron bien del todo. Tras un matrimonio frustrado en plena adolescencia
, con sólo 16 años, del que lo mejor que obtiene es el apellido Whitney, encuentra ánimos para aprender a tocar el piano de verdad en el Conservatorio De Kansas City con el afamado Mike Rice. La música era todo cuanto le importaba, pero no parecía encontrar el hueco en un negocio cada vez más salvaje, viéndose obligada a dejar la escuela y desempeñar aburridos trabajos con los que hallar sustento suficiente para no consumirse.

Los concursos de nuevos talentos era casi todo a lo que podía agarrarse. Lo intentó en varias ocasiones mientras se entrenaba en malolientes clubes nocturnos; por algo hay que empezar. No es hasta mediados de la década cuando consigue una interesante oferta que no desperdicia: le ofrecen ser la vocalista principal del combo local Tommy And The Derbys. El grupo, al igual que ella, tenía ambiciones claras: deciden trasladarse a California, donde, se escuchaba, había más posibilidades de llegar a algo. Pero, por circunstancias, Marva no pudo acompañarles.

Resignada, vuelve a su rutina de clubes donde un músico local con intereses empresariales, Clarence Cooper, fascinado por la potencia de la muchacha, la reclama para ser su manager. Cooper era un hombre sociable con contactos y muy buen oído que perseguía con paciencia un pedacito del incipiente mercado abierto para los negros en la industria de la música pop. Además, era unos de esos seres obstinados. Cooper se empeñó en que Brown tenía que traer su espectáculo a Kansas, cosa que no ocurrió hasta 1967.

Finalmente, la flauta sonó para Marva. Su manager, hombre que dormía con los ojos abiertos, se percató durante el espectáculo de la James Brown Revue de que su fundador necesitiba suplantar a Vicki Anderson, que había abandonado el barco recientemente. Cooper, como era un hombre decidido, se citó con Brown para persuadirle -también era un individuo persuasivo, capaz de convecer a una nutria de que en realidad era un pavo- acerca de su protegida: que si era una mujer de armas tomar, que si le venía como anillo al dedo para su espectáculo, etc. En fin, nada que Brown no hubiera escuchado antes mil veces. Así que el negro, algo desconfiado, accedió a hacerle una audición.

El líder de la banda de Brown, Alfred "Pee Wee" Ellis, acompañó a la joven en la interpretación de varias canciones tras las cuales quedó muy impresionado. Convencido de que era lo que buscaban, Brown, que tenía confianza plena en Pee Wee, decidió incorporarla a su show. Tras las primeras actuaciones no salía de su asombro: lo joven era realmente lo más parecido a él que había visto en un escenario.

Marva ascendió rápido en la Revue -quién quiera confirmarlo que escuche el dueto para Think en el mítico Live At The Apollo volume II- y en las manos de Brown, que la redirigió todo lo que pudo para que fuera una estrella, pudo definitivamente alcanzar lo que tanto había ambicionado. Publicó algún que otro single desde su incorporación al show y a lo largo de 1968 (Your Love Was Good To Me, que incluye Saving My Love For My Baby, ahora muy buscado por rastreadores de Northern Soul, y Unwind Yourself, entre otros) con más bien poco éxito.

Los años son rememorados con más fuerza y parecen tomar más peso en la memoria cuando los tiempos sonríen y son productivos, pese a que mientras suceden no resulten tan incisivos para el tiempo, ya que se deslizan como tierra entre los dedos. Sin embargo, esos días pasaron y se reconstruyen en el recuerdo convirtiéndose en un bloque inamovible de eterna felicidad. Algo de eso debió sucerle a Marva Whitney. Cuando quiso darse cuenta, ya era portada de la revista Jet y estaba cantando junto a James Brown en el inaugural ball del Presidente Richard Nixon, evento de gran importancia en los EE.UU, acompañada del monstruo Duke Ellington, el clásico Lionel Hampton y Barbara McNair.

Tras esto publicaría su discazo, It's My Thing, y después un intenso directo en el Apollo. Aunque básicamente, puede afirmarse que lo más interesante de esta historia acaba aquí.

No obstante, si la palabra funk proviene de los olores corporales que derivan de la cópula, de todo ese ardiente sudor que ordena los cuerpos en un síncope rítmico bien tejido, Marva Whitney, sin poseer excesivo atractivo, es su encarnación femenina. Como se dice por ahí, ella es la primera, efímera y última auténtica dama del Funk.

23 febrero 2006

Being There

Usted tiene la gran cualidad...
de ser natural, y ésa, querido amigo,
es una condición poco frecuente y que
caracteriza a los grandes hombres.

La cultura de masas, con la televisión a la cabeza durante tantos años, confiere la creación de determinantes y continuas estructuras de plausabilidad con las que se construyen nuevos imaginarios y símbologías que posibilitan la orientación del sentido. La imagen se ha despegado totalmente de los cuerpos y todo lo que estos contienen, para servir de claro apoyo en la concepción previa, que ya es casi definitiva, y facilitar el camino del prejuicio. A su vez, éste se potencia en la construcción social de la realidad, bien sea de manera positiva o negativa, articulándose a través de los medios y sus designios.

El vistazo, más que la mirada -que requiere de un encuadre, un enfoque, en fin, de cierta elaboración simultánea al procesamiento-, se impone en su plenitud en la sociedad de la información.


Sin entrar en largos debates intelectuales, existió en los setenta una obra muy breve pero rotunda, sencilla a la par que profunda y definitoria de la occidentalización posmoderna, acerca de un jardinero de exquisitos modales que nunca había salido de la casa en la que fue adoptado desde muy pequeño. Being There -de aquí tomaron Wilco el nombre de su espléndido segundo disco- es su título, y según Buñuel, como así reza en la contraportada de la edición de Anagrama, era tal vez el libro que más le había impresionado.

Su autor, de nombre Jerzy Kosinski, polaco cobijado en EE.UU. desde 1957 hasta el día de su muerte en 1991, es un reconocido escritor, ocasional colaborador con la industria del cine, celebridad social y de cierta repercusión mediática, ganador del National Book Award con otra formidable novela, Steps (Pasos), en 1968.

Esta Being There (Desde El Jardín), consta de un punto de partida excelente: un hombre sin pasado -mucho antes que la inquietante y por momentos delirante película de Kaurismaki-, que no existe, se ve obligado a abondonar su hogar. Allí, entre plantas y jardines, se educa mediante un exceso de televisión, para incorporarse de lleno, tras ser expulsado de su mundo, a una sociedad hostil. Gracias a una extraordinaria casualidad (chance) y a su apariencia de hombre de bien, este hijo de la televisión, engendro de la cultura audiovisual que no sabe leer ni escribir, se verá rodeado de las altas esferas de la política y la economía norteamericanas, convirtiéndose con rapidez en un referente mediático nacional.

Kosinski describe el periplo de Chance con sutil ironía y un ilimitado sentido del humor, mostrando una inteligencia desorbitante en su sencillez. Capaz de analizar y desmontar la realidad de los setenta por medio de un conciso estudio de la imagen desprendida, refleja sin tapujos la crisis de valores y la pérdida de fe en el sistema socioeconómico. A través de Chance describe con soltura, pero sin simpleza, la existencia de la ficción real individual edificada -gran semejanza con El Quijote-, con cimientos en la cultura popular más ramplona.

Las palabras de Chance, aprendidas de la televisión y plagadas de referencias a su conocimiento sobre el jardín, alcanzan gran trascendencia e incluso son difundidas, tras dialogar ni más ni menos que con el presidente de EE.UU., por el tan denostado medio. Éstas cobran un sentido inhúsitado que otorga al libro un carácter absurdo en clave surrealista.

Mediante su serena expresión -elogio de la inocencia- covence a todo aquel que le escucha, llevándoselo a su terreno, a ese otro mundo en el que sólo habita él, en una parodia minimalista del proceso de reorientación realizado por el nazismo o, si apuran, por el cristianismo -las comparaciones de Being There con parte de la filosofía de Nietszche no son gratuitas, desde luego. Su discurso no es más que un bálsamo para la sociedad, que necesita con urgencia un nuevo redentor que les guíe hacia un nuevo nivel de tranquilidad y prosperidad, en el que recuperar la confianza en lo real cotidinano, basado en la democracia y el capitalismo avanzado.

Peter Sellers pasó gran parte de la década de los setenta empeñado en adaptar esta obra que le había cautivado por completo. Al fin, convenció a Kosinski para que adaptara su propia novela y a Hal Ashby, prestigioso director de los setenta que será recordado, además de por ésta, por la imperecedera Harold And Maude -aunque más conocido por su proclama anti-Vietnam Coming home (El Regreso)-, para que la filmara. Si encima se cuenta con una guapísima Shirley Maclaine ya madura y con dos actores del nivel de Jack Wade y Melvin Douglas, que consiguió un Oscar por su interpretación de un moribundo financiero consejero del presidente norteamericano, con sólo tener un mínimo de tacto es fácil conseguir una película memorable; y ésta, sin entrar en comparaciones con el libro, lo es.

En definitiva, tomando una dosis de reduccionismo, Being There habla de la realidad como simple estado mental. Fue el último, más difícil y posiblemente mejor personaje que Peter Sellers creó para el cine. Poco después, era famoso por sus problemas cardiacos, moriría de un ataque al corazón.

21 febrero 2006

Kenzaburo Oé

Bird se casó en mayo, a la edad de veinticinco años, y durante ese primer verano permaneció borracho cuatro semanas seguidas. De pronto, como un Robison Crusoe embrutecido, había comenzado a ir a la deriva por un mar de alcohol. Descuidó sus obligaciones como licenciado, su trabajo, sus estudios de posgrado. Lo abandonó todo sin pensar, y pasaba el día entero, e incluso hasta bastante tarde por la noche, sentado en la cocina de su departamento, a oscuras, escuchando música y bebiendo whisky. Ahora recordaba esos terribles días y le parecía que, a excepción de escuchar música, beber y sumirse en un sueño alcoholizado, no había realizado una actividad propia de un ser humano. Cuatro semanas más tardes, Bird se recuperó de una dolorosa borrachera de setecientas horas y descubrió en sí mismo, desgraciadamente sobrio, la desolación de una ciudad destrozada por la guerra. Era como un débil mental al que sólo le quedara una mínima oportunidad de recuperarse, pero tenía que volver a ordenarlo todo, no sólo a sí mismo, sino también sus relaciones con el mundo exterior.

Oé, Kenzaburo: Una Cuestión Personal; Anagrama en "Compactos", 2000, p. 13-14

La nieve había empezado a caer en las zonas altas y se aproximaba hacia el valle. Sentí que una depresión indescriptible se apoderaba de mí. Ahora que me sentía liberado de las cosas exteriores, me di cuenta de que mi depresión tenía causas puramente internas y de que, si seguía progresando, no había duda de lo que se pondrían a hacer mis dedos en el caso de que volviera a sentarme en una fosa al amanecer, con un perro febril y pestilente en mis brazos. De nuevo me abrumó el recuerdo de aquel dolor y aquel temblor que no se calmaron ni siquiera cuando volví al dormitorio aquella mañana. La nueva vida, la choza de ramas y paja, eran algo que no me esperaba en este valle. Volvía a estar otra vez solo y desamparado, sin descubrir atisbos de esperanza, hundido en una depresión más profunda aún que la que padecía antes del regreso de Takashi al Japón. Comprendía muy bien todas las implicaciones de esta situación.

Oé, Kenzaburo: El Grito Silencioso; Anagrama en "Compactos", 2004, p. 180

Todo lo que este hombre escribe transmite una aterradora agitación interior. Aunque es en estos dos libros donde indudablemente escupe sus palabras con más desgarro si cabe.