04 marzo 2006

Made In USA

Homenaje entre gozoso y paródico a Fuller, Ray y demás luminarias del cine negro desamparado y desclasado, Made In USA (1966) de Godard es posiblemente el primer experimiento consciente de abrumar al devenir del cine con lo que se ha dado en llamar película-cómic. Ya existía un precendente, Kiss Me Deadly, de un Aldrich pletórico, film adorado hasta la náusea por Godard en sus primeros años como crítico, cuya sombra planea en autores como Scorsese, De Palma, Boorman y los actuales Nolan, Miike y, como no, Tarantino.

El cine de Godard es ante todo un cine de ideas; también de imágenes, de acuerdo, pero las primeras dominan sobre las segunda, sin cuya fortaleza no existirían. Lo preponderante en su filmografía es desbordar al espectador, al que obliga a ser activo para incorporarlo a la aristocracia de la mirada -que nadie se engañe, el obrero al que tanto defendía Godard nunca se enteró ni de la mitad del asunto-, expuesto a un maremoto de ideas ante el que resulta incómodo posicionarse.

1966 es un año de transición para el irreverente francés; aunque en él transición no significa relajación. Hasta Alphaville, su cine se caracterizaba por desglosar los géneros cinematográficos en un intento de sublimación y recreación, por emancipar la banda de música y sonido para forzar un nuevo punto de vista -a veces hasta la narración completa de otra película-, retratar los valores y preocupaciones de la juventud de su época -o eso creía él-, presentar héroes idealistas y proponer un regreso al romanticismo más descarnado. Motivos estos suficientes por los que algunos sectores le acusaban de frivolidad, artificiosidad y vacuidad.

Sin embargo, no se le puede achacar a este período estar exento de politización. Cierto es que en origen se trata de una política de base heterodoxa, pero entre tanto batiburrillo conceptual, también asomaba con frecuencia dosis de potente ideología, bien o mal asimilada, según criterios (Le Petit Soldat, Une Femme Est Une Femme, Les Carabiniers). Aunque de lo que no cabe duda es de la capacidad del aún joven director para hacer de su cine un fascinante tapiz absorbente de referencias culturales integrados a la vez en el discurso, que es su moral.

Las tres películas de ese año, Deux ou Trois Choses Que Je Sais d'Elle (según la fuente, aparece que su fecha también puede ser el 67),
Made in Usa, Masculin/Feminin, lejos de abandonar en su totalidad esos estigmas particulares de esta primera etapa, los desdobla. Sus films son ahora más que nunca experiencias formales y ensayos teóricos. En ellas existen nuevos pliegues en los que se radicaliza un tanto la componente política, mostrando descontento por las acciones norteamericanas en Vietnam y criticándolo como país epítome del consumismo salvaje, en un claro acercamiento a posturas comunistas.

No obstante, el comunismo y la protesta marcará en su totalidad los siguientes años, alcanzando cimas con Weekend y películas panfletos de importancia menor como La Chinoise, hasta el punto de hacer una gira para realizar una serie de películas junto al Groupe Dziga Vertov.

Pero Godard continúa durante este año su progresión acerca de la ruptura de las formas de narración clásicas, depurando al máximo la trama. A veces de forma abrupta (
Made In USA, obvia influencia para la gran Point Blank de Boorman, que supera con creces a ésta, su inspiración), otras de manera más sutil (caso de la elíptica Masculin/Feminin), el lenguaje es quebrado y facilita la atomización de apuntes varios esparcidos en las películas, cada uno repleto de personajes y situaciones esbozadas con los que engrosar algunas filmografías carentes de ingenio.

La batuta de Godard organiza la enorme cantidad de elementos e información que se pasea por sus filmes en beneficio del tiempo de la mirada, que es el tiempo de la conciencia, del presente. Los planos se procuran entidad propia, autonomía plena, para ofrecer como resultado una privilegiada sucesión de imágenes con sentido acerca de un heterogéno discurso que trasmite el caos que supone vivir de lleno en la cultura pop occidental.

Made In USA, sin encontrarse siquiera entre sus mejores películas de la época, expone un soberbio estilo elíptico en el que el espectador se pierde. La propia sinopsis es un ejercicio de depuración: se trata de la historia de Paula, una joven terca en busca de pistas sobre los asesinos e identidad de su amante Richard. En torno a esta premisa se establece una película plagada de nombres conocidos (Don Siegel, Richard Widmark, Mizoguchi, Dickens o Aldrich entre otros) en la que Godard interrumpe constantemente la acción, bien sea con extractos de cómic, con eslóganes, con canciones o citas, pistas de sonidos -nada nuevo, Pierrot Le Fou era esto mismo-, y música manipulada, desorientando al público y frustrando en todo momento la posibilidad de compresión de lo narrado.

Mención especial merece la bella y deslumbrante fotografía de Raoul Coutard, de colores brillantes, que refuerza esa idea de película-cómic, ayudando a Godard en la creación continua de imágenes para su ambiciosa obra de renovación de las mismas. Por supuesto, como en cada aparición que ha hecho en el cine, merece un reconocimiento aparte la excelente y bellísima actriz Anna Karina junto a todos los coloridos y bonitos vestidos que luce durante la película. Ella es responsable en gran medida de que el espectador no se irrite del todo y decida hacer otra cosa -esto, claro está, en el caso de que no soporte mucho la apuesta formal de Godard.

En 1966 sólo existía un director capaz de hacer frente al desafío de las formas y exigencias del cine de Godard y, en este caso específico, también haciendo referencia al imaginario colectivo de la cultura de masas, con fijación por el cómic. Vivía en Japón, no tenía el apoyo gubernamental ni de ningún tipo del francés en su país y se jugaba su oficio con cada película. Su nombre es Seijun Suzuki; Tokyo Drifter el nombre de la película. Basada en supuestos similares, sujeta a cualquier análisis estético teórico se sitúa por encima de este artefacto de Godard. Si les interesa este tipo de cine bájenla, cómprenla, hagan lo que sea para conseguirla pero veánla, seguro que no perderán el tiempo.


28 febrero 2006

Vineland

De Nixon a Reagan. Sistemas gubernamentales que frustran el devenir y trastocan la memoria cultural para trasmitirla según criterios dudosos. Estudio de la nostalgia como elemento social diferenciador de las pautas, creencias y actitudes según cada momento histórico. Modificación de los comportamientos a través del imaginario como parte de la reorientación para el consumismo -y otras cosas peores. Historias como olas que desencadenan traumas paralelos nunca resueltos, camino de la utopía (el retorno a la familia ideal y unida de los 50, inicitavia del producto Reagan). Falsa nostalgia trasmutada en una del futuro. Choque de culturas en pos de la incomprendida harmonía social dificilmente hallada. El ser como residuo ideológico humano sin posibilidad de reciclaje. Lo virtual por lo tangible, cuando la relatividad se hace palabra. La facilidad con la que se consigue que nadie nunca se entere de nada y corran ríos de tintas sobre asuntos inertes.

Si las pautas de unos y ceros eran como pautas de vidas y muertes humanas, si todo lo referente a un individuo podía representarse en expedientes de computadoras mediante una larga cadena de unos y ceros, entonces, ¿qué tipo de criatura se representaría mediante una larga cadena de vidas y muertes? Tendría que ser al menos un nivel superior... un ángel, un dios menor, algo salido de un ovni. Se necesitarían ocho vidas y muertes humanas sólo para crear una letra del nombre de ese ser... su expediente completo podría ocupar un espacio considerable de la historia del mundo. Somos digitos en la computadora de Dios, tarareó, más que pensó, en su fuero interno, al son de una vulgar melodía espiritual, y lo único para lo que servimos, estar muertos o vivos, es lo único que El ve. Todo aquello por lo que lloramos, por lo que luchamos, en nuestro mundo de sangre y trabajo, le pasa desapercibido a ese intruso cibernético que llamamos Dios.

Pynchon, Thomas:
Vineland; Tusquets Editores en Fabula, 2003, p.93

Y es que es muy difícil hablar de un libro de Pynchon.