02 abril 2006

Padres

Las relaciones entre padres e hijos poseen una naturaleza única inigualable. Sea cual sea la índole del vínculo, el amor y la fraternidad, la deuda establecida y el respeto, aunque sea distante, siempre se conserva en el corazón de las familias nucleares como un nudo gordiano infranqueable.

Aunque suene a tópico, los padres siempre están ahí para guiar según sus posibilidades a los hijos, a la vez que éstos actúan con entrega para no defraudarlos. Incluso una vez desaparecidos, sean padres o hijos -la dureza es de la misma intensidad- la presencia de la ausencia cohabita para siempre en los integrantes revelándose en cada individuo con distinto rostro a la espera de ocupar un plano común en el interior del recuerdo familiar colectivo -caso del espléndido cómic de bellísima edición española Madre, vuelve a casa, cómplice de una lectura desgarradora.


Quede claro que se habla aquí del ideal más o menos universal de familia nuclear. Si bien hay que destacar que las particularidades son obvias y que cada prole inserta en determinada civilización, algo más homogenea ahora para occidente, es motivo de análisis caso a caso. No existe una familia modelo al igual que no existe un amor verdadero o un genuino criterio definitivo que sirva de patrón que lidere a los demás. Todo son orientaciones necesarias en torno a las que se ordena la comprensión, en pos de un enriquecimiento individual en directo beneficio de un otro colectivo.

Para el ruso Sokurov la familia es el último resquicio irreductible de verdadera espiritualidad y comunión con la humanidad. En su seno se hallan atisbos de la atemporalidad del ser cimentada por la eterna solidaridad paterno-filial, aquella que ningún sistema organizativo debería permitirse el lujo de sobornar. La complicidad que implica el vínculo de parentesco más inmediato nunca debería ser viciada. Sus bellas películas sobre la complejidad del sentimiento de consanguinidad -Madre e hijo (1997) y Padre e hijo (2003)- bastan para confirmarlo.

La solitaria obra de Sokurov habla de un hombre decidido en su empeño por revalorizar y reinventar un cine de aportes y abstracciones, muy basada en la luz de la pintura romántica del S. XIX, pero desigual, o en ocasiones poco claro, en sus resultados. Su cine es tan radical y excesivo en su intento por brindar nuevas formas de expresión en el medio, así como potentes y provocadores son sus comentarios envenenados acerca de la mediocridad circundante en el cine contemporáneo.

El arte, asevera el ruso, pervierte y está pervertido por encontrarse repleto de imágenes carentes de reflexión creadas por artesanos mediocres sumergidos en la occidentalización que en el peor de los casos, sin querer, trasmiten cierta ideología indeseable. Punto este bastante discutible y que en su pedante batalla como liberador del artista para fines más nobles ajeno a la mundano de la realidad sí que adquiere sentido, a pesar de cierto tono de superioridad moral que impone con su mirada.

Al autor ruso, como a la mayoría de los directores más interesantes de la actualidad (Min Liang, Van Sant, Kawase, Sophia Coppola y por supuesto Hsiao Hsien y Kiarostami) le interesa profundizar en la idea de espacio cinematográfico. Si el cine ha sido considerado como un modo solapado de esculpir en el tiempo, estos directores reformulan nociones que parecían obvias e inmutables y así toparse con exploraciones nada baldías, poco aptas para perezosos.

Sokurov, por su parte, piensa que el espacio tridimensional en el cine es una falacia y que el arte de un filme se traiciona si se aspira a tal entelequia. "Trabajo para que la mínima figura que habita el plano sea ubicada como lo entiendo, y no como la realidad querría imponérmelo", asegura el director. De ahí proviene por tanto su obsesión por deformar la imagen para alcanzar la anamorfosis.


Las técnicas y recursos de los que se sirve Sokurov no promueven en absoluto un paso atrás; la suya no es para nada la obra de un director reaccionario. Sus métodos amplían el marco en el que el nuevo cine puede desarrollarse al tiempo que revienta los códigos convencionales mediante un tratamiento de la naturaleza cinematográfica con pocos precedentes ("El cine como arte aún no ha nacido" declaró el discípulo de Tarkovski).

Para lograr estos objetivos se sirve sobre todo de lentes especiales que tinta en los bordes, de objetivos anomórficos y de un ejemplar empleo del sonido. Juntos, y perfectamente engrasados, producen una nebulosa fantasmagórica difícil de asumir en un primer visionado. Sokurov emplea y articula con eficacia estas herramientas para elevar así la franqueza de sus películas a una inédita contemplación pero que en su culminación deviene como inherente a la magia del desarrollo cinematográfico.


Madre e hijo (1997). Todo en esta película es sobrecogedor. En un páramo perdido, alejado de la sofisticación moderna, una madre moribunda y su leal hijo viven sus últimos momentos juntos. En poco más de 73 minutos y con menos de 60 planos de deslumbrante plasticidad -herederos de la atmósfera de Rembrandt y la vaporosidad de Turner-, Sokurov traza con una pulsión única y apoyado por un sutil uso de la banda de sonido una película de dolor insondable. Tanto que por momentos expulsa al espectador, mirón intrigado por la relación mostrada, que tendrá que habituarse a lo expuesto por otros mecanismos de comprensión, ineludibles si realmente se sigue el hilo. La importancia de la naturaleza y la muerte en esta película es tal que se llegan a oler sus fragancias en algunas de esas secuencias pausadas donde los personajes se fusionan completamente con el entorno. Film atípico y rotundo acerca de la naturaleza del alma humana, que peca de un misticismo excesivo.

Padre e hijo (2003). Esta película se siente como un amanecer. Gracias a su rutilante aspecto y a la belleza de los rostros de todos los personajes que aparecen en ella, la felicidad que transmite es sólo equiparable a la conmoción que provoca. La intensa relación afectiva de un hercúleo padre con su hijo, aprendiz de militar que desea pasar algo más de tiempo con sus compañeros, es representada mediante una extrema fisicidad. Al igual que en Madre e hijo, la corporalidad, el espacio que ocupan los cuerpos, es fundamental para la recreación del movimiento interno del film, mucho más acelerado en esta ocasión, pero igual de punzante. El mayor logro de Padre e hijo, además de estar rodada con una luminosa vigorosidad, está en el montaje, repleto de cortes, pero que fluye suavemente, sin brusquedad, asimilándose desde su inicio a un brillante sueño, para nada forzado. El amor entre dos hombres sin temor a ser expresado.