19 mayo 2006

Consumación del estilo

Lubitsch es reconocido por parte de la plana mayor de la historia del cine como uno de los primeros autores importantes que establecieron un lenguaje propio, sin fisuras. Su genio consiste en la sofisticación de una puesta en escena basada en interiores y de evolución natural mediante la cual presenta un minucioso retrato social de época que desprende, con una habilidad innata, la artificiosidad fruto de las relaciones humanas.

La depuración estilística del alemán, de las primeras llevadas a cabo en el medio, es lo que se conoce como el toque Lubitsch.


Un ladrón en la alcoba (USA, 1932) es una de las cimas de su trayectoria. Más moderna e ingeniosa que la mayoría de películas contemporáneas –esa sugerente sexualidad soterrada-, en ella la comedia es sobrepasada gracias a un imponente estilo narrativo que se apoya en todos los elementos disponibles que convierte en sutiles recursos cinematográficos.

Incluso aporta nuevas técnicas en todo un ejercicio de inventiva. Sirvan como ejemplos el original uso de los objetos o de aquello que queda en off para hacer que la historia avance a la vez que gane en profundidad. Algo esto habitual en su cine, que se desarrolla en distintos niveles siempre apelando a la inteligencia y referentes del espectador, al que toma muy en serio.

Pero si la construcción visual de Lubitsch es aclamada por su elegancia, otro punto fuerte de sus películas es la excelencia de sus guiones, precisos como pocos, del que Billy Wilder -trabajó con él en Ninotchka (1939)- extrajo todo su jugo. El juego de réplicas y contra-réplicas alcanza en el cine del alemán momentos sublimes, de una brillantez extraordinaria.

Famoso entre la cinefilia es aquel en el que se conocen los protagonistas del film. Golpe tras golpe de diálogo, mientras redefine el concepto de la atracción entre géneros, Lubitsch presenta a los personajes con mucha imaginación y oficio, hasta que ambos se dan cuenta de que son tal para cual.

Un ladrón en la alcoba es un ejemplo de frescura, inteligencia, sutileza y elegancia que hoy más que nunca hay que revisar.

15 mayo 2006

Triunfo de la sencillez

Manu Larcenet propone en esta obra de apariencia sencilla y colorida un recorrido por el proceso de madurez de una persona cualquiera, en este caso el fotógrafo profesional Marco.

Con clara profusión en la memoria y en el estudio de las relaciones humanas más rutinarias, el francés sorprende no sólo por el desenfado y naturalidad de su dibujo de aspecto infantil pero encandilador, sino por el tratamiento tan sereno como profundo de temas universales como la vida en pareja, los asuntos de trabajo y las relaciones con los familiares.

Muchos consideran que la sencillez del estilo de Larcenet es equivalente a simpleza y que sus argumentos son previsibles. Cierto es que en el primer volumen de la serie las carencias eran más obvias. No es así en el segundo, que palia estos defectos con una contundencia evidente. Las originarias fallas en el ritmo, por un empleo menos sofisticado de los tiempos muertos y unos silencios no del todo controlados, restaban calidad a un guión cuidado en grado sumo.

El segundo volumen mejora sustancialmente, sin excesos ni virtuosismo, y aún mantiene la frescura primaria. Larcenet logra momentos de mucha intensidad con pocos recursos. En éste los personajes que acompañan al protagonista están mejor trazados, sus motivaciones afectan al lector tanto como a aquél y dejan de ser meros arquetipos para que el personaje se desarrolle. La identificación con Marco es ahora más fácil y favorece la ambigüedad en los matices. Los Combates Cotidianos es un álbum acerca de la trascendencia de las emociones en la cotidianidad.