07 junio 2006

Turbia Moralidad

Existe cierto tipo de obras incapaces de renunciar a su condición de malditas. Obras para las que su calificación de clásico, como obra de referencia, les resulta una denominación incómoda y por tanto la rechazan como tal. La disconformidad que presentaron en su momento es la misma que muestran todavía ahora, años después de su concepción.

Si bien es cierto que Orson Welles pese a pertrechar un cine radicalmente distinto y repleto de aportes es un clásico desde el mismo instante de parir Ciudadano Kane (1941) o El Cuarto Mandamiento (1942), sus discípulos más fieles, tanto estética como éticamente, al igual que él, sufrieron persecuciones de toda índole. La segunda mitad de los años cuarenta fue dura para aquellos procuradores de un cine de cierta agitación ideológica, a contracorriente y crítico con el hermético sistema económico norteamericano.

Aunque no sólo por eso se caracterizaban estas películas, dotadas de muchas más cualidades de fondo y forma que ser mero discurso político. De hecho, esto ni siquiera era lo más importante en ellas; tan sólo un matiz más en la complejidad temática y emocional de las cintas.

El mccarthismo, esa airada caza de brujas, acabó de pleno con la carrera de muchos de los más inspirados hombres del cine norteamericano. La lista es larga y en ella se encuentran los responsables de una de las mejores películas del cine negro: La Fuerza del Destino.

Abraham Polonsky, director de ésta y reputado guionista de Cuerpo y Alma (Rossen, 1947) y el gran John Garfield, protagonista de ambas pero más conocido por su interpretación en El Cartero Siempre Llama Dos Veces (Garnett, 1946), frustraron el recorrido de sus vidas tras esta dura película de 1948. Polonsky no volvió al cine hasta veinte años después; con Garfield acabaron literalmente: murió por no soportar las presiones y el ostracismo al que se vio abocado a sus 39 años.

La película gira en torno al mundo de la corrupción en la Nueva York de los cuarenta. Ciudad oscurecida por maniobras ilícitas en busca del enriquecimiento y la concentración de poder (“el dinero no entiende de moral”, se afirma en la película), sus ciudadanos deambulan por ella siendo a su vez testigos conscientes de los fraudes que se cuecen en su interior.

Los procesos políticos y económicos que denuncia la película, basados en métodos deshonestos y en sistemas de mafias, fueron lo bastante claros para que el Comité de Actividades Antiamericanas se pusiera tras la pista de sus responsables.

La Fuerza del Destino ahonda en la turbia moralidad de todos sus personajes, centrándose en la relación de Joe Morse -el primer o segundo mejor trabajo de un Garfield en estado de gracia- con su hermano. Con una fuerza visual deslumbrante, muy cercana al expresionismo alemán tal y como lo entendió Welles, se potencia milimétricamente mediante un soberbio juego de sombras los valores puestos en juego, los conceptos de justicia y la culpabilidad sin posibilidad de redención de un microcosmos saturado por el crimen y el chantaje a todos los niveles.

La dirección de Polonsky no es original, por cuanto se basa demasiado en los grandes del género, pero siempre resulta precisa y de una frescura irrenunciable. Para ser su primera película como director sabe imprimir ritmo a la conjunción de hechos relatados, algunos de ellos difícil de seguir sin un esfuerzo por parte del espectador, y resumirlo todo a una hora y cuarto de metraje.

Además, es admirable lo bien que rueda en los espacios cerrados, en los interiores, sacándole todo el partido posible a los elementos de la puesta en escena con el fin de proporcionar más profundidad a lo narrado. De este modo su lenguaje cinematográfico es tan elíptico que pese a la calidad de los diálogos y lo bien escrito que están los personajes, éstos quedan mejor dibujados aún gracias a la cantidad de detalles que contempla: esas sombras, esos endiablados encuadres –herencia clara del plano aberrante tan de Welles- y, por supuesto, esos justos movimientos de cámara que, al modo de Ophüls, sugieren la moral de los personajes.

Quizá demasiado resuelta y algo ingenua en sus propósitos finales, esto no debe considerarse en error dado el clima irrespirable que existía en Estados Unidos durante esos temerosos años. Por eso su final de falso optimismo no es tan importante tanto por su mensaje como por la triste belleza con la que está filmada la ciudad de Nueva York.

Un Garfield supuestamente redimido junto a la más encantadora de las novias (bellísima y tierna Beatrice Perason) alejándose con el puente de Manhattan al fondo –de improbable amplitud de campo- mientras relata la posibilidad de sustraer algo de la mugre que baña la ambición capitalista. Broche de luminosidad tras tanta carga de tenebrosa atmósfera.